REMOLINOS DE AIRE NEGRO
Despertó de aquel letargo con muchas noches grabadas en la piel y un viento negro soplándole en el rostro. Cuando le pidieron que reposara no estaban jugando entre conjuros y verdades. Era de vida o muerte, tenía que reposar, moverse lo menos posible, alimentarse postrada, y todo lo relacionado con el aseo e higiene debía ser logrado en reposo. ¿Cómo se le pide a una liebre que no escarbe, que no corra y salte y ría y persiga otras liebres en las rutas abundantes de nueces y frutas? Lo entendió muy claro, era de vida o muerte. ¿Y para qué querría una liebre la vida sin murmullos, ni risas, ni llantos, ni ilusiones, ni amor?

Con toda la pasión de cristales violetas, vio en el horizonte nacer el sol entre los rectángulos transparentes de su claustro. Entre voces de aliento pasaban las horas del miedo a moverse, no quería ver posarse las sombras del crepúsculo sobre el vientre. Cada tarde la encontró flotando entre sudores y mares con sirenas llorosas y duendes dormidos. El destino inmóvil le amordazaba el cuerpo y la voz. Llegó a sentirse como momia tímida en esperas de la vida. Sí, momia preñada con feto de oro y diamantes. Momia envuelta en caricias de madre florecida.

Pero estaba escrito el dolor en sus paredes internas. Estaba grabado el sarcófago con imágenes de ríos rojos y tejidos bordados con su boca y sus dientes, con su frente pequeña y sus manos largas, tan largas como la vida misma. La reventó un dolor como un hueco negro y profundo. No fueron necesarios disparos, ni venenos, ni puñales.

Bastó una punzada en el centro de los abismos y todo se perdió entre mantillas y sábanas, y ya no tuvo que cuidarse más. Desde esa noche volvió a caminar arrastrando la vida, descuidándose a propósito, acallando remolinos rojos y gritando sus miedos y su amor al aire negro que se cuela por sus ventanas.

El hueco en su vientre lo ha rellenado de metáforas.


Carmen Amaralis Vega

SIN RUMBO DEFINIDO

Las observo en caravana sin rumbo definido. Desde mi cómodo asiento, donde estoy leyendo los diarios, me parecen encantadoras. Algunas llevan cargas más pesadas que sus cuerpos, otras arrastran moles superiores. Las veo moverse en procesión. Abstraídas en su rumbo con el fardo que les tocó cargar, no sé si piensan, si están tristes o alegres. No sé si rebosan con el recuerdo del sexo que las multiplica.

Con los dedos lagos, me inclino, y sin pensarlo mucho, rompo la línea de su trayectoria. No soy dios, pero me invade un poder superior a ellas y decido hacer círculos con los dedos en el suelo. Las desvío, las torturo, cambio su paz y su trabajo hacia un correr como locas ante el desastre natural que les ha llegado desde el cielo de mi mano. Algunas se salvan, otras quedan mortalmente atrapadas por la presión de mis dedos.

Ante el desastre y la emergencia, trastocan su marcha, corren despavoridas. Las más fuertes logran escapar y forman nuevamente la ruta hacia no sé dónde; supongo que a su tierra prometida. Las muertas y heridas quedan atrás. Me levanto, y con el zapato, aplasto despiadadamente treinta y nueve centímetros de la nueva caravana. No es que desee matarlas, pero están en mi paso hacia la cocina. Tengo hambre, será necesario sacar algo de comer del refrigerador.

Al llegar ante la puerta de mi nevera, me detengo a pensar y me pregunto: ¿Cómo me sentiría si de momento una descarga eléctrica me saca de mi ruta en la vida y termino hecha un carbón por la fuerza inexorable del destino fugaz que me rodea?


Carmen Amaralis Vega

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