¿TIENES MIEDO?
¿Tienes miedo? Sí, en las noches.
—No lo permitas, saca esos pensamientos negativos de tu cabeza.

Claro, para mí es fácil decirle: No tengas miedo. Pero habría que ver, ¿qué se siente cuando se sabe que ese maldito gusano va regándose por todas las células de tu cuerpo? Y miras tus espacios dándote cuenta de que todo lo que te rodea se queda y, tú te vas al vacío.

Se queda tu carne en los hijos, tus rosas de porcelana, tus copas de Bacará, y la risa olvidada queda resonando en un eco quejumbroso en algún bosque. Sabiendo que la luz de tu mirada se apagará en cualquier fuego distante. No es fácil decir adiós, justo cuando sabes que tienes mejor capacidad
de amor, de análisis, de razonamientos; que tu verdad es más cierta que nunca, y que es ahora cuando mejor puedes dar un consejo. Se te acabarán las palabras, ya no habrá más poesía, ni historias, ni quejas que escribir.

Termino mi visita y me marcho muy cansada, tanto que me duelen los huesos. No quiero pensar, tengo la sensación de que me duele también la piel. No puedo ni siquiera levantar un vaso. Me pesa su muerte próxima. Es como si la cargara yo sobre mi espalda. No puedo hacer nada, me duele la impotencia. ¿De qué sirve amar tanto?, me pregunto.

Llego a mi casa y hasta los muebles me miran burlándose de mi desgano. Comienzo a gritar y gritar hasta desgarrarme la garganta. Quizás mis gritos despierten a los duendes malditos, esos que han hecho la mala jugada de querer llevarse a mi amiga.

Se acerca la noche. En estos momentos ella se encuentra sudando de miedo.


Carmen Amaralis Vega

TRES HOMBRES
Se mira y no se reconoce, han sido manos ajenas las que le han ido dando forma. En la bruma de sus recuerdos, de vez en cuando, aparece la imagen de una niña-mujer acostada en su lecho, sintiendo un vértigo en el centro de su cuerpo, mientras aquellas primeras manos bordeaban el contorno de sus labios con la piel suave de la punta de los dedos. Así descubrió su boca, así supo que un flujo eléctrico podía apoderarse de su piel y retorcerla sobre un cuerpo extraño que decía amarla. Conoció aquellas manos de artista que supieron, con maestría, construirle cúpulas inmensas sobre sus senos pequeños, y levantar catedrales sobre su pecho.

Aquel hombre-artista fabricó glaciales, murallas, rascacielos con su frágil piel de seda, y deslumbró su vida, entre viajes y academias, entre genios y libros, con toda la belleza que un artista puede ofrecer entre sábanas y besos.

Pero todo acaba, y los mosaicos, las catedrales y el afán de sabiduría se convirtieron en pesadilla de soledades entre páginas amarillas sin vida propia.

Luego llegaron las noches de tambores y risas, de carcajadas bajo palmeras y arenas calientes. Fueron las caderas las que ardían en fuego con las palmadas frenéticas de unas manos grandes y rudas, fuertes y morenas, arrebatadas en la rumba loca de la vida. Y la mujer conoció la pasión brutal de las noches de brujerías y pasiones recias. Con fuego le marcó su alma, y clavó la lujuria en su mirada.

Pero el cuerpo se cansa y las pasiones mueren con el frío de las lunas nuevas, y la noche volvió a sus silencios, y las tinieblas del dolor arrancaron la piel, dejando un deseo de paz subir por las piernas lentas y los brazos extendidos hacia el cielo.

Ya no esperaba más, satisfecha construía ahora sus propios templos, y tejía un bordado de paz sin esperanzas. En las tardes largas subía las colinas para mirar a lo lejos una extraña luz que la llamaba. Escribía sobre su piel los recuerdos, y colocaba en su cajita de bronce sus silencios.

Pero una voz de tierra la despertó a la ilusión, musitándole al oído un poema:

"Una mujer sin compasión me dijo:
-Sírvete de mí lo que quieras, y tanto me serví que hoy nubla mi razón.
No sé si vivo fuera o dentro de su corazón."(*)

Este hombre-hierba-raíz, este hombre-patria, bandera, vértigo de Sierra, manantial fresco, flor silvestre, la arrastra entre olores de miel y de canela, la humedece con las aguas tibias en tardes de brumas y quimeras. La dobla con la calma, reclinada en su hombro. Va pintando con pinceles finos cada poro, y secando sus lágrimas de poeta. Este hombre -duende reconoce y acepta a la niña-vieja cubierta de tatuajes, que sabe reír y llorar, cantar y maldecir sobre el estiércol y las flores que le ofreció la vida.

La magia del duende la envuelve, mas no sabe si vive fuera o dentro de su corazón. Aún así sigue ilusionada y viva.

(*) Versos de canción popular del grupo musical 4/40
Carmen Amaralis Vega

 

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