Image by Augustin de Montesquiou

CRÓNICA DEL VIAJE A UNA ISLA CON DIGNIDAD
Para una niña que creció siguiendo muy de cerca los cuentos de los exiliados cubanos porque tuvo algunos maestros de esa isla vecina refugiados en Puerto Rico, resultaba un sueño que luego de cincuenta años de historias y anécdotas narradas por los cubanos en el exilio, pudiera finalmente viajar con pasaporte Norteamericano (USA) a Cuba.
Para mi dicha lo logré; cruzamos en COPA de San Juan a Panamá, para luego subir de Panamá a La Habana.

El grupo visitante había sido organizado con el motivo de recibir un reconocimiento por el Gobierno de Castro, representado por su Ministro de Educación. La Medalla de La Amistad se la entregaban a los miembros de la junta editora del Periódico Claridad, quienes por cincuenta años consecutivos han mantenido un rotativo de conciencia social y afirmación patriótica puertorriqueña. Para el Gobierno de Cuba este hecho lo hace merecedor de tal distinción, considerando que durante los primeros años de Claridad sus oficinas fueron misteriosamente incendiadas, bombardeadas y muchas peripecias más, todo en nombre de la democracia y la libertad de palabra.

El grupo compuesto de sesenta personas (periodistas, abogados, maestros, científicos, empresarios) fue alojado en el Hotel Habana Riviera. Este hotel cuatro estrellas, conserva el esplendor de hace cincuenta años, construido antes de la revolución socialista. Está ubicado frente al Atlántico azulísimo del trópico, con amplio recibidor decorado con flores tropicales y esculturas gigantescas. Una vez instalados en su terraza frente al mar, nos obsequiaron unos mojitos (bebida cubana confeccionada con yerbas aromáticas, azúcar, lima, ron y agua mineral), perfectos para calmar la sed, resultado del calor sofocante de pleno verano.

Esa noche tratamos de rendirnos al arrullo de los tambores que me mantuvieron en un delirio de rumba hasta la madrugada. Nuestra habitación estaba ubicada en el piso 18 con un ventanal frente al malecón. Pareciera que los cubanos no duermen pues las once noches que duró el viaje escuché la risa y los tambores de jóvenes arremolinados al borde de la muralla del malecón.

El recorrido por la ciudad en la mañana siguiente fue uno de contrastes. Una enorme cantidad de edificios en ruinas parecía gritar pidiendo ayuda. La Habana tiene avenidas anchas, anchísimas, con grama perfectamente cuidada, muy limpias, y miles, muchos miles de estructuras arquitectónicas que en su tiempo debieron ser bellísimas. Cuando sales del malecón y entras a los Vedados, el próximo círculo de viviendas muy bien conservadas, habitadas por dignatarios, embajadores, militares de altos rangos, pareciera que estás en otra Habana. Cientos de árboles de flamboyán decoran las avenidas, dándole color y alegría a los palacetes, muy bien protegidos por guardias de seguridad.

Me llamó la atención la cantidad de personas asomadas en los balcones de edificios casi en ruinas. Pregunté cuantas personas vivían en esas mansiones de dos o tres niveles, y me informaron que pueden ser de quince a veinte por piso. Como soy muy pulcra, pregunté cuántos cuartos sanitarios para compartir tenían las mansiones, la respuesta fue de uno por piso, y seguida surgió mi siguiente pregunta: ¿Quién se encarga de limpiar los sanitarios? La respuesta fue dada con muchas evasivas, pues se hace muy difícil conseguir detergentes, por no decir casi imposible.

Puerto Rico es bastante mulato, pero la impresión que obtuve ha sido que Cuba es muy africana, cosa que contrasta con el hecho de que la gran mayoría de los cubanos en el exilio son caucásicos. Obviamente la clase trabajadora negra y mulata fue la que permaneció en Cuba, y los terratenientes de cafetales, tabaco y caña de azúcar, entre otros empresarios, quienes en su mayoría mantenían al pueblo sometido, fueron los que lograron salir, disgustados con las normas impuestas por un sistema socialista a favor del proletariado.

En varias ocasiones me senté a conversar con los ancianos y niños arremolinados en las plazas y los parques. Las personas son muy amigables y entablan conversación con gran facilidad. Te cuentan sus cuitas, y en pocos minutos conoces sus limitaciones materiales y riquezas espirituales. En general sentí felicidad en los ancianos, pero desesperanza en algunos jóvenes.

La prostitución es evidente en las calles y mucho mayor en los vecindarios de los hoteles. Hay una economía subterránea y unos acuerdos entre los guardias de seguridad y las jineteras, (como se les llama a las prostitutas). Según me explicó un compañero de viaje, las jovencitas se les acercan a los posibles clientes y les solicitan que las inviten a un trago, pero antes de entrar al hotel, deben pasar por el permiso del guardia de seguridad, al que hay que pagarle el equivalente de treinta dólares. Este donativo está establecido y luego, ya el cliente remunerará a la joven de acuerdo a sus complacencias en la privacidad de su cuarto en el hotel.

La mendicidad está muy sofisticada, pues nunca te piden dinero, sino, dulces o detergentes. Se te acercan y con mucho disimulo te preguntan si te sobra algo de dulces. Por lo general el turista les da dinero.

El transito es liviano, circulan relativamente pocos vehículos, ya que la gasolina es muy cara para sus ingresos, que fluctúan entre 200 a 400 pesos cubanos al mes, y un dólar es equivalente a 23 pesos cubanos. Los turistas tenemos que cambiar los dólares o euros a CUC, moneda con la que se pagan el hotel, los restaurantes y las compras en los mercados de artesanías.

El verdor, la vegetación, los sembradíos, todo tiene una magia que te transporta a lo que fueran tus recuerdos de la niñez, en una sociedad libre de las prisas modernas, las congestiones de tránsito, el desenfreno de nuestro diario vivir.

Cuatro horas por carretera hacia el centro del corazón de Cuba y su revolución en Santa Clara fueron suficientes para disfrutar de los campos labrados con yunta de bueyes. El olor a tierra recién herida, y el sudor de los campesinos se mezclaban en mis recuerdos de los campos en el Puerto Rico de hace cincuenta años. Millas y millas de árboles frutales, de caña de azúcar, de maíz, de plátanos, millas y millas del olor a patria trabajada con orgullo, y finalmente ese gran mausoleo al Che Guevara. El monumento tiene aura, un aura de sangre y libertad, por el respeto a un hombre que sin ser cubano, supo sacrificarse para lograr la libertad de esa Isla, que ahora es símbolo de valentía y sacrificio.

Visitar Cuba es llegar a un lugar de rumba, de contrastes, de fuerza, de sacrificios, pero sobre todo, de orgullo y dignidad. Recomiendo este viaje a cualquier persona que sepa mirar la vida con ojos bien abiertos, dejando entrar lo que tiene verdadero valor.

¡Viva Cuba!
Carmen Amaralis Vega

Regalo envuelto

LOS HUESITOS ME AGARRAN EL CUELLO
 

Sé que ese obsequio representaba una genuina demostración de cariño, creo, pero aun así me cuesta mucha energía negativa usarlo, no puedo, no, no, no. Me llegó en una cajita dentro de un sobre protector desde Taiwan. Al ver la dirección mi corazón dio un salto de alegría. La remitente era nada más y nada menos que Wini Ku.
Hacía ya un año, que concluida la ceremonia de Graduación, nos despedimos entre lágrimas. Ella con su diploma de doctora en matemáticas y yo con el mío en Química nos regresábamos a nuestras respectivas patrias.
Fueron muchas las horas con ojeras negras amanecidas en la mesita de estudios en el apartamento de las torres en aquel friiiiio pueblito de Gainesville. Muchas, muchísimas horas quemándonos las pestañas sobre los libros. Mientras estudiábamos para algún examen con tazas de café negro en mano no nos hablábamos, solamente nos mirábamos de vez en cuando para descansar la vista de tanta fórmula numérica sobre el papel.
Con Wini desarrollé un cariño muy especial. No comprendo cómo soportaba todas mis majaderías y travesuras. Era mi favorita para transformarla en una princesa caribeña. La pobrecita, diríamos que no era muy atractiva, pero tenía el encanto de su dulzura al hablar aquellas jeringonzas en Cantones o Mandarín que solamente Chichi Che entendía.
Juro que yo prestaba absoluta atención cuando Chichi y Wini conversaba en aquel idioma de los mil demonios en sus ratos de descanso. Yo trataba de memorizarme los sonidos: Ni jao, shishiwani, chomitshi shi waa, o algo así. Me acercaba a ellas, y le repetía lo aprendido. Me miraban con cara de confusión y se echaban a reír a carcajadas. - ¿Qué dije, por favor díganme qué dije? Les preguntaba. – Nada, Amaralis, absolutamente nada. Entonces me volvía medio loca, y comenzaba a hablarles letanías en español, español, españoooooooolllllll.
Les aseguro que intenté hablar chino miles de veces, pero nunca logré descifrar y repetir nada bien. Ahora pienso cuanta paciencia tuvieron con mi serio deseo de aprender Cantones, o tal vez Mandarín, no sé cuál de los dos idiomas hablaban entre ellas.
Y ahora estoy aquí, con este collar en mis manos, le tengo algo de recelo, me causa frio en el estómago pensar en usarlo. En una nota en inglés incluida en el sobre Wini me decía que era una joya muy especial, labrada en minúsculas imágenes orientales sobre huesitos humanos. La verdad es que al probármelo por primera vez ante el espejo, tuve que quitármelo rápidamente porque sentí la sensación de que un millar de manos intentaban estrangularme.
Nunca sabré si el obsequio era de buena amistad, eso creo, o tal vez un embrujo malévolo de Wini para desquitarse de las mil y una travesuras que le hice en aquellos cuatro años de sufrida y divertida convivencia.
¡Cuánto daría por volver a verla!


Carmen Amaralis Vega