ALFOMBRA TIBIA
(A los niños del Medio Oriente)


Deja que me ponga horizontal
y te sirva de alfombra,
A ti que te ha faltado todo,
todo menos arenas sueltas,
de esas que se meten por la boca,
por los ojos,
por la pena.

Deseo ser tu alfombra,
ya no tendrás que tejerla,
con tu cuerpo pequeño,
con tus dedos pequeños,
dedos finos y cansados.
Tristes dedos de manos tristes,
de carita de ojos negros,
muy negros.

Negros como la muerte joven.
Muerte de hambre y frio de afectos.
Deseo ser tu alfombra
para que pises firme y fuerte
y puedas por un día
sacarle una carcajada a tu suerte.
Quizás un día eches alas
y aprendas a volar,
pero por ahora
acepta la alfombra tibia que te ofrezco.

Carmen Amaralis Vega

HIJO DEL AMOR

Eres puntal de luz,
mi obra sagrada.
Coloqué en tus manos las llaves de la vida,
hubo flautas sonando enardecidas,
fractales de luna iluminando el día,
noches estrelladas de ilusión.
Hubo flores frescas en tu frente,
letanías de cariño sobre el pecho.

Entusiasmada
abrí tus puertas a un futuro mágico,
te di el mapa secreto de mis rutas,
corales solitarios,
peses fluorescentes a tus pies,
plumaje liviano de oro y plata.

Ahora solo debes sentir intensamente,
vivir sin egoísmos,
lograr que florezcan las algas verdes,
dejar crecer tus alas sin temores,
escalar la cima donde habite
el amor destilando besos en deleite,
caricias de cristales en derroche,
palomas anidándote en el alma
y el rubor del destino coloreando tu piel.

Eres hijo del amor,
mi gran quimera.
Nada te faltará si estás en mí.

Carmen Amaralis Vega

GAVIOTA SOBRE MARES AZULES

Estos ojos se han llenado con los azules de los mares del mundo. Dejé que el azul marino del Mediterráneo me embelesara hasta querer sumergirme en ese profundo y oscuro abismo, y una locura extraña se apoderó de mi cuerpo. El mar me exigía desprenderme de los tules que forraban mi piel. Y así, desnuda, creí conocer la mayor delicia que un ser humano es capaz de vivir.

Más tarde en el carnaval loco de la vida fui rodando hasta cruzar desiertos y dunas de arenas doradas hasta darme de cara con el Mar Muerto, tan salobre que devolvía mi frenético cuerpo a flote cuando quise regalarle la tersura de mis curvas maduras y sedientas. Reconocí el peligro de sus aguas saladísimas que frotaban mis ganas con el más intenso azul bañando el Medio del Mundo.

Y un día con alas fuertes llegué a sobrevolar los profundos y violentos grises del Pacífico. Este nombre no le va, no es pacífico, es violento. Y cuando menos se espera se traga a sus pescadores que valientes se tiran a sus aguas cada madrugada para recibir en sus nasas los frutos marinos que nutren sus costas. Mirando sus grandes olas llegué a sentir miedo, un miedo irracional que nunca he sentido frente al mío. Mi mar, el que me ha visto nacer, crecer y envejecer: El Caribe.

Estoy convencida que en muchas vidas pasadas he sido gaviota, golondrina, pelícano, sino, cómo le explico a mi alma esta necesidad de sobrevolar los mares sin detenerme hasta llegar envuelta en la magia de mis azules que saben pintar mis ojos con el maravilloso rostro del agua que me grita forrándome de grietas húmedas la vida.


Carmen Amaralis Vega

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